El ROSTRO DE LA DESAZÓN
Conducía por las callejuelas adoquinadas del Barrio de San Telmo, el transito era una especie de muralla inexpugnable, a la ansiedad por retornar a mi casa luego de una ardua tarea. Sin embargo, no quise masificarme y tocar bocina, algunos creen que esto es temerario, pero es solo una actitud pueril, ya que no garantiza viabilidad alguna ante el atascamiento evidente, y no he visto autos que leviten. No obstante esto los energúmenos de siempre manifiestan su disconformidad de esta manera, sumando decibeles con vociferaciones propias de los poseídos por espíritus demoniacos. En una ciudad cosmopolita, este tipo de situaciones forman parte de la cotidianeidad, entiendo que la actitud disruptiva, es parte de la idiosincrasia del argentino ventajista, que abona al irrespeto de las normas. Hice caso omiso al ruido ensordecedor desde luego banalizándolo, poniendo música clásica para un merecido relax. Atine a mirar por la ventanilla, y pude observar al costado de la entrada de un supermercado chino, la presencia de un niño de no más de 13 años. Tenía un carromato que inexplicablemente se mantenía en equilibrio, a pesar de las innumerables chucherías que cargaba. Al lado del púber había un perro escuálido, aunque vivaracho, quizás pensé seria su mejor amigo. Seguí observando la situación, dado que los autos no se movían ni un ápice, con mirada escudriñadora llegue a percibir un rostro ensombrecido por la tristeza, uds tal vez dirán que análisis prejuicioso y apresurado en un embotellamiento, pero era indudable que tenía los ojos vidriosos y note que unas cuantas lágrimas brotaron de los mismos, recorriendo su mejillas cianóticas por el frío imperante, y desafiando lo inmutable que la adversidad lo había obligado a ser. Pero los límites se sobrepasan, y quizás la congoja del niño era demasiada para permanecer obstinadamente impertérrito. ¿Qué le pasaría por su cabeza? ¿Tendría hambre? ¿Tendría familia? una cantidad de preguntas obvias atiborraron mi cabeza, y mi espíritu estaba imbuido para ese entonces de una sensación de angustia inalienable e indescriptible. Me entristecí, me conmovió su mirada perdida desconectada de la realidad. Confieso que sentí culpa, iba en un auto con calefacción escuchando música clásica y sentí vergüenza ajena por los quejumbrosos e insensatos de siempre, carentes de sentido de la humanidad. No me perdone el no bajar para preguntarle que le pasaba, a veces me paraliza lo inconcebible, su rostro acongojado fue un pensamiento intruso y recurrente en mi cabeza, por varias semanas. Tuve que seguir, había un cavernícola detrás de mi auto que gritaba ¨Dale boludo avanza, que carajo estas esperando¨. Mucha gente piensa que es el Sol y todo tiene que girar en derredor, me resulta denigrante los que no pueden mirar más allá de su propia realidad. No es algo inviable, acompañar la sensatez con los sentimientos, no son incompatibles es más incluso las actitudes humanas deberían contemplar la coincidencia de ambas. Quizás el niño solo necesitaba un abrazo, pero no altruista, ya que no sirve si no sale del corazón.
DIEGO
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